Ensayos sobre falconianos

GREGORIO MELÉNDEZ

Gregorio Meléndez
El poeta y narrador Gregorio Meléndez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gregorio Meléndez, el malaconducta (lectura personal)

Anthony Alvarado

Quelle âme est sans défauts?

Arthur Rimbaud

 

 

 

Viajo entre callejones, bares, ventas clandestinas, hoteles, habitaciones, solares; descubro mujeres, secretarias, oficinistas, vendedoras, amas de casa, enfermeras, actrices; vivo la soledad, el sexo fácil, difícil, el amor que te lleva al abismo, la ciudad mala paga, aunque amada; el calor de una zona donde uno tiene la playa a pata ‘e mingo. Saboreo la espuma de los colchones de cebada, unto mis huesos con el seco cocuy.

Mi vista pasa por algunos libros de Gregorio Meléndez (Paraguaná 1958), de sus páginas emana el hedor de alientos, salivas, sudores. Entre el catálogo de sensaciones puedo ver a Marle… y otras insinuaciones, Coro en concierto, Las pantaleticas de Eliana, La luz del Ángel, Peor es nada; y como un enfant terrible lo vislumbro aglomerándose entre su obra, perdiéndose entre los personajes, siendo él uno de ellos, urdiendo entre el laberinto de su escritura un sendero donde encontrarse; la obra de este vate se ha ordenado cual gesto autobiográfico entre las historias que cuenta, cada frase, cada mueca, cada mirada ha sido extraída de la realidad que le tocó vivir; se desempeñó como corrector de pruebas en distintos diarios nacionales o regionales, estudió en Caracas, pero los compromisos familiares lo obligaron a regresar antes de tiempo. Sin embargo, ahí lo vemos, en sus diatribas con la palabra, con sus brujas, con su luna. En un constante desafío ante el poema, duro hueso de roer; en su verbo de barro, piedra y luz. En los avatares de relaciones prohibidas: “El corazón no duele”/ dijo/ la enfermera/ luego de hacer/ el amor,/ mientras/ se limpiaba:/ “yo no debo/ hacerle esto/ a mi marido.”/ ¿Existe el corazón?

En su obstinada sucesión de amores éstos terminan convirtiéndose en palabra transmutada, en metáfora, otras no tanto, dejando al descubierto a sus amadas, quienes se delatan en su poesía: “Casi un niño”/ -qué bolas-/ tu sentencia.

El poeta cuestiona al cuestionarse (y viceversa), la cama es donde se desarrolla parte de su poética, en el postcoito, cuando los cuerpos frente a frente se entregan al debatir del corazón, en la conversación oscura de los amores sin tregua. Meléndez trata de llegar al meollo de su lenguaje apelando a los referentes sexuales, donde consigue dar con claves que lo llevarán a preguntarse sobre sí mismo y su propósito en el mundo: Lo dices,/ tras largo suspiro/ “Para esto es que sirves”/ y entonces/ mis hojas escritas/ para qué./ Cuéntame.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día, viernes 19 de febrero de 2010. Año 3 N°181

 

 

 

 

Gregorio, el irreverente

Emilis González

 

“El erotismo es sexualidad transfigurada: metáfora.

El agente que mueve lo mismo al acto erótico que al poético,

es la imaginación”.

Octavio Paz

 


A Gregorio Meléndez le conocí primero sin saber que era poeta. Supe que lo era en un recital de poesía en una bienal de literatura e inició su lectura con una recriminación a una de mis amigas, por una odiosidad que ella había comentado. Ella cometió una indiscreción, lo sé, pero soy solidaria con el género y con mi amistad, y las palabras de Gregorio me hicieron reaccionar, inmediatamente me bloquee y no escuché ni uno solo de sus poemas. Luego en casa, mi hermano Antonio (la literatura siempre me ha llegado de mano de mis hermanos) me dijo: “¿No has leído a Gregorio Meléndez? Excelente poeta”. Me dio vergüenza decirle que antepuse lo personal a lo poético. Le dije que no, que lo conocía, pero que no sabía que escribía. Me prestó un libro, me pidió que lo cuidara porque había sido un regalo del poeta. Confieso, se lo robé.

La poesía de Gregorio es erótica. Imagino que por eso no es muy difundida ni celebrada en una ciudad como Coro, donde todavía reinan muchos tabúes. Ahora bien, aún así debo defender a mi amado Coro, tan bello, tan pacato a veces, pero tan humano. La condena a la literatura erótica no es exclusiva de acá.

A lo largo de la historia, el arte erótico ha transgredido los linderos de códigos establecidos donde el cinismo y la hipocresía han regulado y controlado un sistema de falsos valores, que facilitan el sometimiento y que sirven como instrumento a la cultura y a la ideología del poder.
El lenguaje erótico ha sido negado y perseguido porque según la cultura oficial ofende al pudor, incomoda, perturba y se vuelve intolerable. (Arévalo, 2009:2)

Pero el erotismo es parte vital de la vida misma, del ser humano, del mundo y de aquella sensibilidad que negamos con aquel “Pienso, luego existo”, que condenó todos los sentidos y nos redujo a razonamiento puro, a lógica sin cuerpo, a pensamiento sin alma.

El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida. (Paz, 1993)

Gregorio Meléndez le escribe a la vida, a la sensualidad, al erotismo y lo hace desde un lenguaje impecable, sobrio y luminoso.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día, viernes 19 de febrero de 2010. Año 3 N°181

 

 

 

 

Gregorio Meléndez, de la seducción de la bohemia a la desnudez de la palabra

Camilo Morón

 

 

Es de noche, una noche a medio camino entre un convento y un lupanar. Noche donde Luna –que puede ser un astro o una hetaira– vagabundea su soledad. Más allá, las estrellas son rosarios sobre la línea de la sierra. Los poblados desperdigados sobre el perfil oscuro son otras tantas luciérnagas. La escena: un bar, de esos llamados de mala muerte. Las botellas de cerveza reflejan luces ambarinas al roce de las canciones, de las frases deshilachadas, de las esperanzas gastadas, de gestos vacuos preñados de soberbia. Actor y personaje en una sola carne: una silueta como cortada en madera recia, vertical, acaso su ojos de fauno tropical delatan una carne sedienta de fluidos: saliva, ron, llanto a punto de secarse, el jugo dorado de amargas, vitales experiencias. El poema es el drama: ir desbastando la frase de góticas metáforas, de la hojarasca barroca de los símiles, de lo narrativo en la anécdota. Apenas una sombra de mujer. Afuera, un perro callejero agoniza bajo las estrellas.

Gregorio Meléndez, desde las páginas de “Coro en Concierto” avienta un puñado de versos como una llovizna de vidrios rotos: “Yo era la excusa de mi padre/ cada vez que venía el circo./ Disfrutaba más viéndolo a él/ que a los otros animales”. Y nada de sutilezas edípicas, ni de juegos de manos en las paredes mohosas del inconsciente. La sorpresa acecha en las esquinas sublunares de ese “Coro en Concierto”… y es la ternura: “Te pones linda/ para que no te conozca/ entonces/ invisible/ a quién le hablo”. La mujer nace del vientre de la noche, de la carne como una daga ancestral, a la manera de aquellas terribles diosas que veneraron los míticos hombres del pasado que se funden en el sueño primero de la especie: “No me perdonas/el gesto de la pantaletica,/ ni haber dicho que no/ eras patrimonio/ –De nadie–/pero haré una canción/ (la más bella)/ seguro”.

Aquí nos abandona toda certeza, pues no hay manera cierta de deslindar el cuerpo de la mujer de la cuadrícula de la ciudad. Y es que una fusiona su aroma en los resplandores áridos de la otra. En la ciudad viven simultáneamente diversas moralidades y moralinas,  solapadas y cómplices. En la relación erótica ocurre otro tanto, salvo que es a ras de piel. A la vera de la sensación se abre la poesía como una flor orgiástica, carnívora, como el aullido caliente de la jauría; es expresión armada en un esqueleto básico de pasiones sin atenuantes, ni oportunismo. Y esa transparencia, como seguramente lo sabe el aeda, se paga cara. La relación maniaco-depresiva de la ciudad y sus poetas se remonta a cuando Juan de Castellanos la cantó en arcaicos versos en las “Elegías de Varones Ilustres de Indias”: “Llegaron pues a la ciudad de Coro,/ cuyas pajizas casas o buhíos/ se mostraban ajenas del decoro…” Al escribir –y vivir– “Coro en Concierto”, Gregorio Meléndez participa de esta venerable tradición, siguiendo la senda que lleva de la seducción de la bohemia a la desnudez de la palabra.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día, viernes 19 de febrero de 2010. Año 3 N°181

HUGO FERNÁNDEZ OVIOL

 

Hugo Fernández Oviol



 

 

Hugo, el de su siempre Cabure

Ariel Luna

 

 

Pensar en Hugo Fernández Oviol es montarse en uno de sus poéticos caballos para llegarse hasta su sierra, en donde las urupaguas convierten su amargura en una dulce entrega, porque   este maestro integralmente realizado, no obstante a que la vida lo ubicara en los grandes conglomerados urbanos, siempre tuvo a Cabure con sus papagayos incrustados en el alma y definitivamente  se afilió a la noción de que el hombre, además de carne y hueso, también es tierra vuelta cuna.
El tránsito de Fernández Oviol fue inmensurablemente desbordado, porque no se conformó con la palabra fina y reiterada en sus diversos textos, sino que su cotidianidad estuvo influida por la manera de comprometerse con la sencillez y la naturalidad del habla de su gente, olorosa a lo que fuera flores del camino o a cocuy envasado en las gargantas.
Hemos revisado gratamente su tiempo literario desde su agua delgada en las regiones australes hasta el poema que convirtieron en cantos musicalizados las agrupaciones serranas o el talento del maestro Román Antonio González, así como el registro de la guitarra, que a través de sus 12 variaciones acompaña las profundidades del amor. Realmente conjugamos el deleite con los rasgos apesadumbrados de otras vidas en los momentos en que trajinamos las veredas y las sensaciones de su pueblo lleno de fantasmas nobles y de puertas que nunca en la vida se cerraron.
No queremos ubicarnos únicamente en la enumeración antológica de sus impresionantes contenidos, lo que más necesitamos anotar es que fue, y su legado lo seguirá siendo, un hombre   comprometido e irrenunciable, con el conjunto de sus pasos infinitos, una expresión auténtica que más nunca se separará de quienes podamos, cada vez que la existencia nos lo exija, de su mejor libro, su vida.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día, viernes 12 de febrero de 2010. Año 3 N°180

 

 

 

La poesía de Hugo Fernández Oviol.
Canto a la alegría y la vida

Maylen Sosa

El primer rasgo que se observa al aproximarse a la poesía de Hugo Fernández Oviol es su profunda e inmediata vinculación con situaciones, circunstancias, personas y momentos concretos del devenir vital. Como bien lo manifiesta el poeta: “fundamentalmente escribí cuando estaba enamorado, […] mi amor era por la revolución y por las mujeres, y ahí tengo toda mi obra escrita”. La presencia de estos dos motivos esenciales recorre toda su literatura, que nunca se separa de sus situaciones fundadoras. Así pues, entre las líneas de enunciación que se advierten en esta poesía destaca aquella que le canta a la vida y a sus placeres, a sus bondades, y que, por lo tanto, se vincula con la sensación amorosa o con los diversos modos de sentir y percibir el amor. Este es el caso del poema 10 de 12 variaciones alrededor de una guitarra:
-¡Hola! amor –me decía- y era como si su voz
envolviera chocolatines en la tarde,
como si la canela izara hasta el tope su bandera
y el clavo de olor se hiciera capitán de barco.

El poema edifica un fantástico sueño urdido a través de situaciones que más que manifestar o significar la alegría, son la alegría misma, y esto lo consigue por medio de enunciaciones insólitas, que revelan límites imaginarios: “-¡Hola! amor –me decía- y adquiría alas mi pañuelo,/ se trocaba en mariposa mi corbata/ y una venadita de azúcar saltaba limpiamente/ de una a otra orilla de mi sangre”. El instinto de fabulación poética se agudiza al máximo en el momento de producir estas construcciones verbales que lo mismo refieren a mágicas metamorfosis: “el alba encendía su claro cigarrillo,/ el río se lustraba sus zapatos y el viento acuñaba/ una moneda/ para contratar un profesor de flauta” que al gesto de la suprema dicha y generosidad, en esta poesía: “-¡Hola! amor –me decía- y era como si me regalara/ una guitarra”.
En lo que respecta a la figuración del amor y sus sugerencias, La canción de Morella de 1983, delineará con precisión este modo de poetizar en Hugo Fernández Oviol, cuando el núcleo discursivo es una situación de ésta índole:
Búsqueda

Busco en la luz una puerta
que me conduzca a tu vera,
una ventana que llueva
sonrisas en tu represa,
una calle que me entregue
tus mensajes y tus gestos,
una esquina que de pronto
me dispare tu presencia.

El poema posee una musicalidad, un ritmo interior, dado por la rima de los tres primeros versos: “puerta”, “vera”, “llueva”, “represa”. Es un texto forjado por el ansia amorosa y sus urgencias: “Busco en la luz una puerta/ que me conduzca a tu vera”, y la alegría vital en este caso se observa en la energía que el texto despliega para solicitar al sujeto del anhelo. La fuerza manifiesta del deseo: “una calle que me entregue/ tus mensajes y tus gestos,/ una esquina que de pronto/ me dispare tu presencia” se une a términos contundentes como: “me entregue”, “me dispare”. No se trata de una débil solicitud, es el deseo y sus prisas, sus inmanencias, convertidas en palabra poética.
El baile, como también lo es también en la poesía de Lydda Franco Farías, viene a ser en esta obra un símbolo de libertad, de rebeldía, porque el movimiento de la danza enlaza naturaleza y humanidad, y es un signo inequívoco de vitalidad exacerbada.
Baila, Norma!
Baila, Norma,
porque existe belleza en el misterio
y la danza es un río que aprisiona
la espiral del perfume y la caricia,
la pupila del ciervo y la paloma..

El poema se articula en el ritual del baile y las potencias naturales que convoca: “Baila, Norma,/ porque existe belleza en el misterio/ y la danza es un río que aprisiona/ la espiral del perfume y la caricia,/ la pupila del ciervo y la paloma”. Las innumerables imágenes animales utilizadas como fértiles analogías de la alegría que produce la visión del baile, son signo, nuevamente, de un imaginario poético de ilimitados recursos: “que la mariposa violácea de la noche/ amamanta la aurora”. El hilo del relato poetizado se estructura y adquiere forma en el espacio proteico de la naturaleza: “que el viento y la lluvia levantan en la espuma/ la estatua diminuta de la rosa”. Cuerpo y paisaje se mezclan por medio de la palabra y de su enlace emerge la vida en toda su plenitud.
Así pues, la poesía de Hugo Fernández Oviol expresará constantemente su apego a lo terrenal: al amor, a sus afectos, y para su visualización recurre a una naturaleza pródiga y multiforme, a la que como un artesano va transformando y manipulando hasta alcanzar la enunciación que su deseo imagina.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día, viernes 12 de febrero de 2010. Año 3 N°180

 

Hugo Fernández Oviol y la transculturación


José Manuel Nava


Dentro de la obra poética del ilustre falconiano Hugo Fernández Oviol son muchos los temas que podemos percibir: el amor, la cotidianidad y la utopía política, pero es imposible dejar de considerar a este poeta, un artista del pueblo, un hombre que rescató la cultura oral popular de su tierra natal y la plasmó en su inigualable y cálida poesía, como un elemento significativo y trascendente.
En concordancia con Ángel Rama que denominó a una serie de escritores “narradores de la transculturación”, es posible incluir al poeta falconiano dentro de este grupo, ya que los elementos utilizados en su obra reflejan a un cantor del pueblo, un hombre rodeado de un gran tesoro oral que era suyo y de su gente. Es por ello que el elemento oral estaba de alguna manera unido a su vida, ya que desde la niñez estuvo estrechamente ligado a las actividades populares que caracterizan a los pueblos, específicamente a su tierra natal Cabure. En los versos del poema “El papagayo” se puede percibir a un niño íntimamente relacionado con la cultura de su lugar de origen, a pesar del transcurrir del tiempo y de haber enriquecido sus conocimientos a través de la superación académica, el poeta recuerda situaciones de su etapa infantil “…y pasarme horas enteras elevando un papagayo”, para plasmar sus ideales y creencias.
El aspecto de la transculturación interviene directamente a través de las glosas populares creadas por Hugo Fernández Oviol, es decir, que el tesoro oral del pueblo estaría expresado a grandes rasgos, ocultando detrás de una sencilla creación un valor cultural incalculable. Una de ellas fue la glosa de la urupagua, donde partió de un epígrafe de Agustín García para reflejar la personalidad del hombre serrano, que es pacífico y enfurecido, noble y luchador, sufrido y aguerrido “Campesino de la sierra, alma luz y cuerpo noche… de un lado paz, y a otro guerra”.
Las glosas populares son la mayor muestra de la transculturación en la obra de este gran poeta, ya que los rasgos orales de los pueblos alcanzan su máxima expresión en estas creaciones. Es necesario aclarar que a través de este proceso, los autores buscan un fin último: llevar a la escritura, las costumbres, tradiciones y formas de vivir de los pueblos. Es una manera de ficcionar el tesoro oral de cada región y plasmarlo de alguna forma a través del arte de la literatura.
Al igual que Juan Rulfo y Gabriel García Márquez, Hugo Fernández Oviol se valió de la riqueza oral de su tierra para reflejar por medio de su obra, los mayores valores históricos, cotidianos y culturales, aspectos que lo acompañaron durante toda su existencia, una vida marcada por las costumbres y tradiciones de su pueblo, elementos que nunca pudo olvidar y mucho menos desligar de su obra.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día, viernes 12 de febrero de 2010. Año 3 N°180

 

 

 

 

Hugo Fernández Oviol, el poeta hechizado

 

Camilo Morón

 

“…baila, hasta que el tiempo pierda la memoria”
Hugo Fernández Oviol

 


Se alza en el horizonte un azul de piel e infinito rayano en blanco, un azul fugazmente eterno. Indolentes, desgarrados cirros son islas vaporosas en caminos de viento. Abajo, de este a oeste, un zamuro, mensajero de la muerte, pinta el cielo. La fronda y el murmullo del agua que corre entre rocas milenarias es un templo. Y pienso en este paisaje serrano que nacer en la montaña configura una geografía espiritual, poblada de duendes y seretones, con simas del alma hondas como haitones. Hechizado por el baile audaz de la luz entre las hojas, relampagueo silente en la morada de las plantas, pienso en los signos del nacimiento.
Hugo Fernández Oviol nació en Cabure y no en otra parte. Nacer en Cabure es volar con Carlos Rivero Solar vuelos visionarios y remontarse en matemáticas de izquierda en las naves circulares de Ibrahím López García; nacer en Cabure es arder en montoneras indígenas con los Jiraharas, “los perrazos y traidorazos” como les llamaron los cronistas y funcionarios coloniales, quienes no les perdonaron su resistencia a dejarse esclavizar; nacer allí es irse con los guerrilleros en campañas luminosas a tomar el cielo por asalto. Y como el poeta nació en Cabure, pudo escribir con claridad meridiana de sol:
“Yo sencillamente he dicho:/ no quiero que mi hermano/ sufra hambre, no quiero que le roben/ su trabajo,/ no quiero que sea muerto/ en tierra extraña…”

Sin embargo, había gente enfurecida dispuesta a romperle la guitarra, empeñada en disecar la voz que canta sobre un madero oscuro, resuelta a convertir los huesos en harina carcelaria. Esta rabia apenas explicable surge como reflejo invertido de la solidaridad; como hace notar Inti Clark Boscán: desde los primeros poemarios de Fernández Oviol la escritura es un acto solidario, de reconocimiento del otro que padece y mengua, es palabra que participa de la corriente comunal, “una región viva que quiere tender puentes y descifrarse.”
En esta noche, en los márgenes interiores de la sierra, lejos, remotamente lejos de los furores cuadriculados de la ciudad, desvestido de mis inquietudes y supersticiones de ciudadano, simplemente habitante nocturno, espectro en la casa de la niebla, agazapado de la humedad de la montaña como un animal salvaje, entiendo que:
“Poeta es quien aprieta un pedazo de carbón/ y lo convierte en un diamante…/ y luego lo regala como quien da un pedazo de carbón.”

Y recuerdo en el fresco olor de mujer de la noche cabureña que los poetas no mueren, sólo fingen dormir un poco más profundamente, para mejor poder soñar.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día, viernes 12 de febrero de 2010. Año 3 N°180

 

EUDES NAVAS SOTO

 

El poeta Eudes Navas Soto


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eudes Navas Soto (1940 – 2002)

 

María Gabriela Arévalo

Hablar de él es hablar de un hombre que tuvo la necesidad de expresar sentimientos y vivencias, a través de representaciones gráficas y simbólicas que traducen su impresión de las cosas y de los seres. Se muestra lo que fue su visión de la realidad, gracias a las distintas manifestaciones artísticas que empleó: en la imagen escrita, es mediante sus poemas, relatos, crónicas y ensayos; y en la imagen visual por medio de sus obras pictóricas y la fotografía.

Las obras literarias del artista Eudes Navas Soto presenta elementos muy puntuales que hacen de sus descripciones una constante a lo largo de sus producciones. Es necesario para ello exponer algunos de estos elementos más característicos para comprender su lenguaje:

El rostro es uno de ellos, es una figura bien definida, donde el autor representa los gestos y formas expresivas directas del hombre, de la mujer y de niños; detalla la estructura física del rostro para ilustrar los rasgos y las expresiones.

Asimismo, el autor figura la  imagen de niños y niñas en su escritura, en donde se recrea la inocencia y la naturalidad del mundo, tal y como es percibida en esta etapa de la niñez. Un ejemplo puntual con lo planteado es el siguiente, extraído del libro “Vértice Paso 2”: “De niño, soñaba con grandes hazañas/ montar un caballo de blanca pelambre/ correr por los campos blandiendo una espada/ y encerrar el mundo en una gran caja…/ y ahora que soy hombre, ¡Cómo envidio al niño!” (Navas; 1977: 25).

La imagen del hombre es también un símbolo característico presente en su escritura, este elemento se representa en distintos estados de ánimo, de condiciones y de vidas. Presentándose entonces al hombre como luchador, pero también vencido y desesperado; como padre, como hombre enamorado y como hombre que espera y que sueña. Se evidencian esas distintas realidades del hombre en varias de sus obras. Se figura derrumbado y solo, en los versos de su libro “Del minúsculo redil”: “…una inmensa soledad que se hace cómplice/ de tu propia caída.” (Navas; 1999: 28). Asimismo otra realidad presentada por la imagen del hombre es la del dolor y del arrebato, donde el personaje incorpora al grito de manera desgarrante y acentuada; está presente en la obra de “Silencios a gritos”: “El solaz del dolor/ es el grito o el llanto o el gemido/ ¿Pero cómo se llora o se grita o se gime, / si además del dolor, / una mano de acero y de dudas/ se nos aferra fuertemente a la garganta? (Navas; 1974: 11). Así también, otra vida presentada por el hombre es la de padre y esposo, una figura llena de afecto para con los suyos, representada en la obra literaria “Vértice – Paso 2”: “¡Ahora tengo lo más bello: / mi moza con su sonrisa, / mis tres varones de brisas/ y mi hembra de destellos! (Navas; 1977: 3)

Igualmente la imagen de Mujer es un elemento recurrente en las obras de Eudes Navas Soto, cuya naturaleza y condición es exaltada. Aluden  y aclaman a la figura de mujer madre, de mujer amante y de mujer deseada: “Las distancias de tu cuerpo/ se acordaron en mis manos/ y en mis ojos navegaron visiones de hembra en acecho.” (Navas; 1977: 13).

Finalmente, la mano es otro de los elementos empleados constantemente por Navas en sus obras literarias, la muestra como expresión corporal igualmente habitual en el ser humano; como manos de entrega, manos de quejas, manos que sujetan y aguantan.

Adentrarse a las obras de Eudes Navas Soto es toparse con un amplio registro de elementos e imágenes que describen y representan condiciones de vida, de realidades y percepciones; todas cargadas, sin lugar a dudas, de significados que se multiplicaron a lo largo de su vida.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día Viernes 26 de febrero de 2010 Año 3 N° 182

 

 


 

Eudes Navas Soto, la otra escritura de la historia


 

Camilo Morón


Leí “Entre corianos te veas” en los tiempos sublunares del exilio merideño, distanciamiento autoimpuesto para ver y sentir el terruño propio desde la otra esquina del corazón, para sentir el lar nativo desde diferente pulso del intelecto, para verle desde distinta mirada de la sangre y el corazón. Una singularidad familiar me ata afectivamente a mi ejemplar de “Entre corianos te veas”, es un obsequio de mi padre, Pedro Iván Morón –conocido y reconocido luchador social por el bienestar de la sierra. Con este regalo mi padre me transmitió un mensaje solar y claro: la historia no está cautiva en los libros de historia. Y cuando la historia elude los claustros de los rigores académicos se viste de crónica. Leí el libro como quien contempla un retrato.

El género de la crónica cuenta en las letras falconianas con nombres señeros como montañas: Rafael Sánchez, Luis Arturo Domínguez, Mario Jacobo Penso, Alí Brett Martínez, Juan de la Cruz Estévez, Raúl López Lilo, Guillermo de León Calles, Tito Guerra, Manuel Trujillo, Arcadio González, y tantos otros nombres de valía. La crónica, ya lo hemos insinuado, es la narración de la historia menuda de todos los días sin tener que acostarla en la cama de Procusto del método científico. Es la historia de lo real maravilloso de todos los días. El cronista sigue en líneas y palabras el paso vivo de hombres y mujeres, humanos, demasiado humanos… La palabra crónica tiene su origen en la voz latina chronica, que a su vez tiene su origen en el griego kronikas biblios (libros que siguen el orden del tiempo), esto no lo revela el Diccionario de la Real Academia Española. Empero, crónica es también un artículo periodístico o una información de temas de actualidad. Esta es una de las virtudes de los escritos de Eudes Navas Soto, fundir la noticia presente con el testimonio ancestral, lo cotidiano con lo intemporal. Y es que el rostro de los pueblos está construido a partes iguales de eternidad,  anécdota, carne y olvido.

Para caracterizar la persona de Eudes Navas Soto, echémonos una mirada de pájaro a la contraportada de Entre corianos… y de entre las múltiples facetas del cristal de su vida, entresaquemos algunas palabras: periodista, dibujante, pintor, fotógrafo, cuentista, ensayista, cantante, y si bien aquí hemos tratado su obra narrativa vecina a la crónica, lo que a mi juicio le distingue más noblemente: amigo de los amigos.

Eudes Navas Soto ha escrito en “Entre corianos te veas” historia de buena ley, caliente, de gente que habita los espacios de lo cotidiano, con trazo veloz de dibujante, como si cantara. Es una galería de retratos historiados. Como dice el malogrado Marc Bloch, historiador y mártir, asesinado en un campo de concentración por la barbarie nazi: “El historiador es como el ogro de la fábula: donde huele carne humana, sabe que está su presa.”

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día Viernes 26 de febrero de 2010 Año 3 N° 182

 


 

 

Eudes el versátil

Ariel Luna

Un andariego que le fue recopilando historias menudas a la vida identifica plenamente a Eudes Navas Soto, si revisamos con detenimiento sus incontables crónicas y las novelas que se desenvuelven en menos de “cuadra y media” o en aquel escudriñamiento que certifica que, desde las cocinas de las casas solariegas o de las mediaguas corianas, en donde tanto el humo como las confidencias entraban por los ojos. De esta manera el constructor de escenas, que en nada estaban reñidas con la autenticidad, vivió los mejores años de su vida -todos fueron mejores- en donde el andar de pie le permitió acercarse a cada rostro  y a cada palabra suelta para hilvanarlos en confección de entradas y salidas furtivas y de comentarios que salpican la supuesta integridad de algunos pobladores.

Navas Soto también fue un declamador que le entregó sus versos a la bohemia y a los ratos espaciosos de sus noches, como también, talento en las manos, le ofrendó los más deslumbrantes afiches a los acontecimientos corianos y encontró en la fotografía la manera de hacer que la ciudad y su gente perduraran en los tiempos que tenían inexorablemente que diluirse.

De  la obra del Eudes acucioso contamos con los trabajos sobre Las Ánimas de Guasare, De Antonio Maceo el Titán de Bronce de la Independencia Cubana con sus vínculos con la falconianidad y así mismo se introduce la niñez y adolescencia por medio, en los tiempos en que Punta Cardón tenía a la concha como emblema de una compañía petrolera para demostrar que antes que la tolerancia del mismo nombre estuviera cerca de esta comunidad paraguanera, ella “ya estaba allí”.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día Viernes 26 de febrero de 2010 Año 3 N° 182


ENRIQUE ARENAS

 

Enrique Arenas

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

Enrique Arenas

César Seco


“La vara de Moisés era una llave –sentenció-

Con esta se le abrirán a usted todas las puertas”

Rafael José Álvarez


Enrique Arenas es un personaje mítico, referencial para quienes habitamos la ciudad solar. Le fue dado ser como es y nada ha podido cambiarlo. Llega hasta aquí con su ruma de libros bajo el brazo, con su paso ágil, su tranco de seminarista, inalcanzable para quienes venimos detrás, leyendo lo que él nos sugiere, desde los clásicos hasta lo más reciente. Su sapiencia, es a veces tan impositiva como necesaria, y no me retracto de lo que digo, es extraordinario maestro. Estaría un rato hablando de él sin preocuparme siquiera si lo tengo al frente, pero él no está aquí, hace años se fue a Maracaibo, acaso para no dejar sola a Lydda, o bien para dictar cátedra como suele hacerlo, aquí, allá o en cualquier parte donde esté. Es un hombre libro, sí como aquel personaje al que aludí líneas atrás, el de Canetti en Acto de Fe.

En principio, por qué ese apellido que resume la cantidad toda de lo que nos rodea, por qué ese nombre de personaje de Shakespeare, por qué esa seguridad que disgusta y pone en guardia a estólidos y farsantes; disposición única con la que llega a desenmascarar a quienes ensombrecen la universidad, a quienes no le abren paso a los jóvenes, aliados sempiternos de sus propuestas. Por qué –nos preguntamos después- esa seriedad de elefante impávido, ese cañón de tanque de guerra, o esa, su alegre gordura de peregrino de las letras, mago o monje, o los dos a un mismo tiempo. Álvarez decía que Enrique era il miglior fabbro, tal como dijo Eliot de Pound, por aquello del lápiz rojo que hizo legible a La Tierra Baldía. “La redujo de contenido aumentando su expresión”, nos aclaraba Álvarez y enseguida hacía referencia a Enrique: “Es nuestro Pound, más que corrector, que lo es y riguroso, es ese que lee en nosotros el origen”, y yo me digo para seguirle: Lo hace porque ha escogido hacer lo que nadie hace, es más, sin que nadie se lo pida. No he conocido en mi vida ser más generoso que Enrique, pero también nadie más punzante, más insistente, más crítico.

Por qué ese rostro metálico de esfinge –me sigo preguntando-, ese cruce raro de indio con italiano, evidente en su rostro totémico, risueño a veces y otras feamente serio como si fuera a gritar, pero no lo hace, porque detenta la seguridad y custodia del verbo, ese que bajo su mano tiene la llave que abre, que lleva al Oráculo. Cierto, el misterio no tiene explicación, él lo sabe y nos lo hace saber. Se ocupa de ponernos en la puerta y así es, porque es tal lo que su saber descifra, ayer, ahora, en todo momento, y le seguimos por ese laberinto de palabras, seguros que de la mano de él saldremos a un claro, siempre y para llegar, nos hace saber, habrá que atravesar la oscuridad y dejar el miedo, e incluso hacer conciencia de que nunca se llega. Estudioso de viejos códices, de libros que nadie busca, vigía en la puerta de la biblioteca. Lo asiste el don de ver donde otros no ven, lúcido e impenitente ahoga la estupidez, desarma la veleidad, el ego. Nadie como él se ha crucificado en el madero abierto de los libros, para decirlo así, de esta manera, como sólo pudo decirlo Vallejo. Nadie me va a desmentir. Nadie como Enrique ha prestado atención a los que escriben aquí, allá, donde sea, en este instante en que lo hago o en otro que vendrá luego mientras él viva. Porque de esto es que se ocupa, tanto en el aula como en la plaza, en la calle o en el patio, en cualquier esquina de Coro o de Maracaibo. Hoy está revisando una tesis, mañana estará volando a Buenos Aires a dictar una conferencia, el mes que viene presenta el último libro de César Chirinos o de Víctor Bravo y luego dictará un seminario sobre Lezama en Trujillo. Lo suyo es una fatigada pasión imaginante por la escritura. Todas las noches cavila una revelación, todas las noches, creo, recibe una. Da con una clave y la adjunta a su sentido, porque no ceja ni cuando está en el baño dando del cuerpo. Y lo vemos por la mañana como siempre, animado, surcando los laberintos propios y los ajenos, en la lectura.

(Fragmento de capítulo de la novela inédita La llave de arena)

*Publicado inicialmente en el suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día

 

Enrique Arenas, ciudadano de la poesía

 

Camilo Morón

“Yo siempre dije que cuando se va a hablar de un poeta lo más importante es conocerlo, lo más importante es comenzar por leer algunos de sus textos para que nos ubiquemos en el contexto de su obra”, (trascripción de la charla dictada por el profesor Enrique Arenas Capiello, el 3 de noviembre de 2009 en la Universidad Bolivariana de Venezuela, sede Zulia). Como quien descorre un velo, Arenas nos revela una verdad que conviene caracterizar de autorretrato, pues al definir a los poetas en estas líneas, no da de sí un dibujo de primera mano: “Los poetas son una especie de locos lúcidos, se provocan locura para ver el mundo al revés.” Confieso que leí con cierta turbación la definición de “Estro” que hallamos en el diccionario: “Ardoroso y eficaz estímulo con que se inflaman, al componer sus obras, los poetas y artistas. Período de celo o ardor sexual de los mamíferos.” Todos los poetas que conozco son mamíferos, cierto que algunos son monocotiledóneos y otros son lunáticos; pero que una misma palabra nombre el ardor sexual y el trance creador parece indicar cierto rastro que acaso pueda resultar peligroso… de dar caza a la bestia milagrosa que seguimos.

Arenas nos revela como un mago que saca palomas de un sombrero que la poesía es la gran metáfora, el gran simulacro, el escenario para ver aquello que no ves todos los días: “…y esa cosa que todos los días no se ve ni se siente, a lo mejor es lo más profundo que uno tiene, lo que constituye en tanto que ser humano y en tanto que ciudadano.”

El poeta debe implicarse con el mundo, “y la máxima implicación es la implicación sensible.” Es como sentir la textura del agua, el ruido de una rama que se quiebra en el silencio preñado del monte –¿es una amenaza, los pasos de la persona amada, un duende?–. Es como hacer el amor, comunicarse, hacer ciencia y entender mejor la rama, la hoja que cae, el ave que no cae en su vuelo; para eso sirve la poesía. La poesía es ensueño y exploración, cavilación y exigencia de indagación, “sin eso no hay ciudadanía, ni cultura, ni conocimiento, ni alma, ni humanidad.”

Podemos hablar de la poética de Enrique Arenas pidiéndole prestadas las palabras que dedicó a César Vallejo: “Las dice –para decirlo con él mismo- en los más soberbios bemoles”. ¿Qué es un bemol? Bemol es un lenguaje de la música, bemol es un sonido específico de la música, entonces él quería conseguir sus bemoles, sus registros musicales propios del lenguaje.” En el juego de espejos humeantes que es la poesía, el poeta es como un mago que saca palabras como palomas y conejos del sombrero de copa del lenguaje “Todo gran poeta, y entiendan esto, es un gran truquero, pero es un truquero honesto, un truquero de la autenticidad, si cabe tal cosa. El poeta toma los elementos que están allí, pero los trasciende, hacen que vayan más allá”. Un autorretrato a mano alzada del mismo poeta.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día

 



La utopía de lo poético en Enrique Arenas


Carlos Ildemar Pérez

 

 

Una de las cuestiones que, sin duda, apasiona más de la labor  intelectual desplegada por Enrique Arenas (Doctor Honoris Causa de la Universidad del Zulia y profesor emérito de la Escuela de Letras) es aquella relacionada con los alcances del pensamiento poético. Eso sin dejar de observar que su forma de pensar y escribir influyó considerablemente en el estilo de escritura, conceptualización y visión literaria de muchos importantes escritores nuestros. No existe en Venezuela, esto dicho sin ánimos de exagerar, quien pueda superarlo en cuanto a pasión, inteligencia y esfuerzo ensayístico lo que Enrique Arenas ha sabido dedicar, por más de cuatro décadas, a la difusión y esclarecimiento tanto del  conocimiento de la poesía para la vida como del mundo a través de lo poético. En este sentido, en su magnífico libro El azogue ubicuo, esbozos y ejercicios críticos (2008), Arenas nos enseña que: “La poesía es al mismo tiempo un arte, una ciencia, una sabiduría, una experiencia única e intransferible, una metodología trascendental”.

La poesía, subraya siempre Enrique Arenas, está entre nosotros como un hecho vital. Una vivencia que se transforma en videncia cotidiana, cuando se asume como riesgo de una forma de vida. El pensamiento poético que gesta la realidad, que la intuye y le da cuerpo no sólo creado sino creador. Para Enrique Arenas la poesía lo es todo: “El lugar por excelencia de la experiencia y de la investigación transdisciplinaria de los saberes”, nos afirma sin titubeos, y allí precisamente estriba la fuerza literaria y cultural de Enrique Arenas, la cual viene dada por la ampliación del significado, la utilidad existencial y la proyección de la racionalidad poética para la comprensión e invención del mundo.

Lo poético no como consecuencia chata, obvia o manida de la realidad, más bien como realidad en sí misma y que al darse se obra pero en estado de ser puro o de pureza del ser. Por eso con Enrique Arenas se aprende que al conocer a través de la poesía tenemos que estar dispuestos, entonces a conocer a partir de las mayores agudezas, con una fuerza que exige de nosotros la puesta en marcha de todos nuestros sentidos. Sólo así la poeticidad se acerca a nuestras vidas y nos otorga la conciencia crítica de la belleza en cuanto significado de la profundidad que rodea todo aquello que existe o existirá.

El conocimiento, el saber, la inteligencia, la potencia creadora, la interioridad de cada quien, está escrita en la utopía del poema, y para poder develarla y descifrarla Enrique Arenas propone las exigencias siguientes, que son el resultado de su dilatada sabiduría poemática: “una exigencia de penetración, una exigencia de cavilación y ensueño, una exigencia de exploración, una exigencia de indagación, sin eso no hay ciudadanía, ni cultura, ni conocimiento, ni alma, ni humanidad” (palabras tomadas de una conferencia oral dictada por el maestro el 3 de noviembre de 2009 en la Universidad Bolivariana de Venezuela, sede Zulia).

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día

 

 

 


PAÚL GONZÁLEZ PALENCIA

 

 

Paúl González Palencia

 

 

 


 

 

 

 

 

 

Paúl


César Seco


Le conocimos cuando regresaba de París y junto al poeta Álvarez hacía la revista Intento. Otra vez fuimos a una lectura y le escuchamos atentos porque su voz nos parecía distinta a la de Álvarez a quien venerábamos, pero no queríamos imitar. El cigarro colgando de la comisura de los labios es ya una pose heredada de Jean Paul Belmondo. Postura idéntica en ambas fotos, pero Paúl es Paúl y Ernesto es Ernesto, me digo en este momento que se han parado los tacos y las bolas se detienen, como cansadas de ser golpeadas insistentemente. El padre, directo, festivo, conversador, todo afuera. El hijo, quieto, sin habilidad de trato, pero igual de envolvente con su silencio, todo adentro. Recuerdo a ambos por aquel tiempo en que el hastío de las tardes sólo nos arrojaba sobre consecutivos cafés o muchísimas cervezas. Paúl nos dio el afecto que más nadie podía sentir por nosotros en ese momento, con su soltura, con su inventiva desprejuiciada y surrealista, nos dio un taller de poesía a su manera, sin programa ni método, lo recuerdo entonces en sus ademanes, cosmopolita y parroquiano a la vez, sin llegar a molestarnos con su saber, culto y a la vez callejero. Era un bohemio empedernido, trazos de esa vida disoluta se mostraban en sus facciones de cantante: ritual de sombras y alegatos al fuego, el cuerpo de una mujer untado al suyo como maldición recurrente, y no se negaba al hundimiento. Era el único poeta que estaba en sintonía con el desenfado nuestro. Comprendíamos perfectamente por qué padre e hijo no hacían otra cosa que evitarse: ninguno de los dos quería anular al otro, y aunque por momentos fuera esa la tentación del hijo, ambos se admiraban, sin el padre decirlo al hijo que acaso fingía desestimarlo. El uno siguió el ropaje poético que el otro había adquirido en sus libros de almohada: Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Lautréamont, Apollinaire, Artaud y Bretón, cuyos versos consumían sus noches y entraban a puerta abierta en sus vidas junto a pícaros, a chulos de barrio, músicos, poetas desde luego y amigos de tragos, con los que amanecía en los bares de los linderos o en los esquinas de nadie donde hubiera hembras, en las habitaciones olorosas a orine y sudor de consecutivo sexo, y esa su osadía, desaprobada siempre en una ciudad pacata, que te silencia si pateas su nalga obispal, pero que él optó por escribirlo.

Conversar con Paúl era como estar parado sobre arena movediza. Él se transfiguraba dentro y fuera de la escritura, nos animaba su riesgo y era capaz de dárnoslo sin reticencia. Entonces, la vida no parecía tener correctivos ni disciplina alguna para nosotros que habíamos cambiado golpes y balas por letras, sólo que Ernesto ya había tomado su decisión de apartarse de todo lo que lo distrajera y nosotros siguiéramos dando tumbos en el barranco, aunque ya no tan a ciegas. Alguna tarde Paúl nos pidió que le acompañáramos al barrio donde quedaba el 13 Negro, el bar donde todo había comenzado para él y donde mostró a alguien sus primeros poemas, y ese alguien fueron una puta y un borracho juntos en una sola mueca. En el trayecto nos iba revelando parte de esto: “La escritura, muchachos, se reveló para mí en el olor envolvente de la tinta, en los tipos de plomo de la imprenta. Fue como un dulce veneno que se metió por mis poros. Trabajé en una imprenta siendo muchacho como lo son ahora ustedes. Mi primera lectura en público la hice en la barra que estaba aquí entre esta pared y aquella otra que se está cayendo, con un trago de brandy al frente y la puta registrándome del todo con una lasciva mirada. En verdad, muchachos, lo que siempre he querido ser es cantante, aunque no me crean, a mí me desagrada lo intelectual, me disgusta sobremanera, pero sé también que este rechazo no es premeditado, vino conmigo, a pesar de mí y de lo que hago”. Entonces supimos que era abiertamente sincero y que no quería que nos equivocáramos con él.

(Fragmento de novela inédita La llave de arena)

*Publicado inicialmente en el suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día 26 de marzo de 2010 Año 4 N° 186

 

Acerca de Paúl

 

Ariel Luna

Aunque los representantes de la poesía sigan estando sujetos, con una argumentación apropiada, a ubicarlo dentro de tendencias y épocas que establezcan una coincidencia con lo paradigmático, a nosotros se no ocurre, en nombre del rompimiento de algunos esquemas, que ello no es aplicable a creadores que como Paúl González Palencia lo que ha logrado es deshacerse de encasillamientos cronológicos para exhibir, siempre con frescura de lo reciente, su obra formidable.

No es nuestra intención aproximarnos siquiera al ámbito de la crítica literaria y ni establecer razonamientos de porqué hemos abordado a González Palencia de esta manera. Lo que ocurre es que esta distinción proviene del deleite de la lectura de sus ya varios poemarios, que nos llevan a recordar con la calificación que nos da su reconocimiento a entregas como Hábitos y Alegatos al Fuego, sin descuidar una relación embriagante que este coriano del país realizara en una oportunidad sobre la diversidad de licores, capaces de conducirnos a los estadios de la realidad.

Paul González Palencia, de acuerdo con los testimonios de varios de quienes conforman la generaciones de los 70 y unos años más allá, fue el estimulador de presencias irrefutables de jóvenes que habiendo asumido su formación universitaria en las aulas del Tecnológico de Coro pudieron, cosa extraña, después de dedicar su tiempo necesario a los laboratorios y las discusiones formales sobre sus materias, entrar de la mano de este poeta-docente al universo que una vez, nos cuentan, incluso llegó a llamarse Andrómeda.

De esta manera hemos querido trasmitir lo que González Palencia reflejó en nosotros, la intemporalidad, lo universal, lo que corresponde bien al pasado pleno de referencias magistrales como al presente que, sin darnos cuenta, se nos convirtió en futuro.

*Publicado en el suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día 26 de marzo de 2010 Año 4 N° 186

 

 

 


Visión del paisaje en la poesía de Paúl González Palencia


Maylen Sosa

La naturaleza, desde siempre, ha sido un elemento habitual en el mundo de la literatura, aunque será utilizada de diferentes modos, concordantes con las diferentes épocas y cánones del arte. Para los románticos viene a significar expresión de sentimientos y emociones, espejo de las tempestades del espíritu, para los barrocos, un arma de encubrimiento y ocultación, para los neoclásicos, parte objetiva de un conjunto organizado y estructurado, por nombrar sólo tres casos paradigmáticos.

Ya para la contemporaneidad los rasgos de esta naturaleza se han ido desconfigurando, fragmentando, y cada escritor recurrirá a su parcela imaginaria de paisajes, como valija de identidad o especificidad, como cantera de resonancias subjetivas y metafóricas. En el caso particular de la poesía de Paúl González Palencia se percibe un paisaje de cualidades muy definidas, signado por diferentes aristas de significación.

Una de ellas sería aquella en la que la naturaleza se enfrenta a la ciudad, y el sujeto poético se señala como habitante de un paraje, como oficiante de una suerte de ritual en el que se apropia de un espacio de sugestiones. Otra diferente sería aquella en la que la voz poética observa las transformaciones del paisaje, y otra en la que se desarrollan los vínculos de la naturaleza falconiana con lo sagrado, con lo invisible, en un proceso discursivo más próximo al hermetismo y la abstracción.

El poema 9 de “Alegatos al fuego” nos permite analizar la primera de estas visiones antes señaladas: “Fíjese usted en el monte/ ya casi llena el vaso de vino/ del paisaje donde me embriago/ Fíjese usted/ cómo se va poniendo bermellón/ la escena tocada por soles medianos/ el río ahí/ dando el sentido exacto de una fuga”. El texto supone a un interlocutor urbano, y se construye a partir de un contraste visual y sonoro del espacio natural en contraposición con el locus de la ciudad: “Someta a su escala de citadino insomne/ la limpia ejecución de este silencio”.

Por otro lado, el poema 41 del mismo “Alegatos…” mostrará la perspectiva de una naturaleza que se transforma: “Qué largas se han puesto/  las secas mañanas de Paraguaná […] El espíritu aquí es otro/ padre”, nuevamente el texto se dirige a un interlocutor con el que se establece un diálogo sobre la modificación de un paisaje que ha alterado su faz tanto material como espiritual.

En cambio, en “El olor confuso de los climas” la dimensión natural viene a adquirir visos sagrados, rituales, de religiosidad mítica, como puede observarse en el poema que abre el libro, “Memoriales”: “Para la sed de estos confines/ Dios sopló cada punta/ de la estrella espinal del cactus”, el cactus vendrá a señalar un componente raigal por el que se enuncia un comienzo mítico. En el texto todo está enlazado: la sed, el cactus, la piel de sus habitantes, por lo que se puede afirmar que expresa el vínculo sagrado y mágico del falconiano con su espacio natural.

Por último, en “Ácido pan del desierto” va a encontrar continuidad esta visión de una naturaleza asociada a matices religiosos, pero en este caso el texto parece generarse desde las voces de los que vagan en busca de un lugar sagrado donde poder, al fin, descansar: “Mucha tierra para deslumbrarte y poco aliento/ para cubrirte. Si vuelven las aves/ de cielos menos míticos,/ si nos alcanza una gota de vino,/ seremos tocados de nuevo por la rabia,/ y dejaremos de ser nómadas”, el poema va a dibujar un territorio de vastedad donde la arena y el sol persistente se conjugan con las figuras de viajeros fantasmales y errantes.

Así pues, observamos como la naturaleza, y en concreto el paisaje desértico de Falcón, cobrará una presencia protagónica en el conjunto de esta poesía, pero será expresada desde una diversidad de visiones que combinan la noción de identidad, la idea de un origen mítico, así como la enunciación de  un ámbito natural en el que acontecen transformaciones. Todo enunciado en un tono melancólico y potenciador de las urdimbres de la memoria.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día 26 de marzo de 2010 Año 4 N° 186

 

 

 

JUAN FELINO


Poeta Juan Felino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Felino, el iconoclasta, el pedestre

Emilis González Ordóñez

Las primeras noticias que tuve de Juan Felino me llegaron por el semanario humorístico El Camaleón. Recuerdo leer sus sonetos y morir de la risa, recuerdo admirarlo con total y absoluta devoción. En cuanto tuve la oportunidad de hacer una investigación acerca de este escritor descubrí que era un seudónimo y que mi ídolo no existía en el mundo real.

Debo reconocer que lo que me gustaba del Felino era precisamente lo que al resto del mundo le parecía chocante, odioso. Felino cultivaba el género humor, uno que ha sido considerado como menor dentro de la literatura, eso (a mi modo de ver) no es casual; no hay que olvidar que Juan Felino es un marginal per se, uno de los oprimidos, uno de los subalternos que siempre está al margen, en la orilla, lejos del poder.

Así que es natural, lógico, normal, que escriba desde un género menor de la literatura. Luego la obra de Felino es presentada en sonetos, este detalle es importante, me recuerda su inclinación a los clásicos y a la pureza de las formas; pero Felino es iconoclasta, es un enfant terrible y en un soneto delicadamente construido, con sus tercetos y sus rimas perfectas expresa críticas, dudas y derriba creencias, horroriza a las buenas gentes y se burla de sí mismo.

En su soneto “Pobre Diablo”, puede leerse:

Detesto confesarte vida mía

Que aunque te quiera con el alma entera

Este amor es tan solo una quimera

Una imposible y loca fantasía

Ser por siempre tu dueño desearía

Pero mi situación es tan austera,

Que no podría jamás aunque quisiera

Proporcionarte el pan de cada día

Yo soy un pobre diablo que no tengo

Con el mísero sueldo que devengo

Como alcanzar tu amor y te lo explico;

Es caótica y dura mi pobreza,

Por eso debo hablarte con franqueza

No vayas a creer que soy marico.

(Felino, 2001:32)

El texto es elocuente, habla por sí solo, es un soneto perfecto y da cuenta de un escritor que conoce todas las reglas, que es cuidadoso del estilo, pero que al mismo tiempo se presenta iconoclasta y duro. Su texto no deja de decir, dice y mucho, tanto que para algunos no debería callar. En sus textos Felino construye un soneto perfecto, tanto que eleva al lector a sublimes fronteras para luego dejarlos caer con estrépito al fondo de la cotidianidad y de la sencillez escatológica. Precisamente eso, lo cotidiano, lo pedestre, pero que no lo hace menos poético es lo que me gusta de Felino. Eso y que pertenezca a Asoposa, organización en la que por cierto no he logrado entrar a pesar de mis múltiples peticiones.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día Viernes 19 de marzo de 2010 Año 3 N° 185

Dos en uno

Ariel Luna

Uno de los rasgos más importantes de la entidad humana a quienes nos corresponde tratar a partir de su obra integral es indiscutiblemente su doble personalidad poética, por que a este pedregalense puntacardonense se le conoce fundamentalmente como a un humorista, que desbordaba los término del recato, por eso hay que asimilarlo también como  el constructor de  sonetos y otros géneros literarios dentro de un enfoque esencialmente romántico, que lo condujo a estructurar su álbum lírico.

Es de notar que las diferencias del Juan Felino de marcada tendencia irreverente y el Juvenal Graterol, perteneciente a la exaltación irreductible del amor, sólo es descubrible en el último verso de sus composiciones, por cuanto el desarrollo de los dos cuartetos de sus creaciones y casi la totalidad de los tercetos se evidencia una fuerte influencia de los poetas que, en forma genérica para decirla de algún modo, se ubicaron en la década de los 50 del reciente pasado siglo en esas vertientes que confluyeron siempre en el predominio de lo divinamente amoroso.

Juan Felino abandona a Juvenal Graterol, en forma inesperada, al final de su tránsito literario, lo cual lo define como a alguien que, en ningún momento, hasta que el humor lo asalte, quiere descartar las prácticas aprendidas en los compendios que como el entonces en boga Repertorio Poético de Luis Edgardo Ramírez propició no únicamente la lectura particular, sino que fue fuente para los  programas especiales que la radio venezolana establecía casi en filo de la medianoche.

Lo importante, en conclusión, hay que asumirlo como un poeta total, algo que ha ocurrido también a muchos de los literatos que conforman la venezolanidad, entre ellos, sin abundar en los inconvenientes de la comparación, Leoncio Martínez o el mismo  Miguel Otero Silva.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día Viernes 19 de marzo de 2010 Año 3 N° 185

Juan Felino, el heterónimo que pugna por salir

Fanny Bermúdez

Andrea De León

Un seudónimo es un nombre con el cual un autor vela el suyo propio. Detrás de ese nombre con el que firma el autor no existe nada, no hay vida, no hay vivencias propias, es el autor con su obra detrás de una máscara, detrás de un disfraz que le oculta. Octavio Paz afirma:

Los heterónimos no son antifaces literarios. La obra pseudónima es del autor en su persona, salvo que firma con otro nombre; la heteronimia es del autor fuera de su persona… (Paz, 1991:100)

Para verificar que se está frente a un seudónimo, y no frente a un heterónimo, hay que precisar si quien escribe y firma los textos se encuentra dentro del escritor o fuera de él.

Juan Felino. Felino es conocido por ser el seudónimo que utiliza el escritor Juvenal Graterol para firmar su obra de humor y diferenciarla de su obra lírica.

Graterol reconoce que Felino es un seudónimo, pero cuando se estudia detenidamente la obra de Felino se pueden encontrar notables diferencias con la obra de Graterol, esas diferencias son visibles y verificables, pues están referidas en cuanto a: género (Felino cultiva el humor y Graterol la lírica romántica), estilo (los textos de Felino posee un tono desenfadado, iconoclasta y hasta escatológico y los de Graterol son en extremo dulce y románticos), temática (Felino habla desde el amor que traiciona y olvida, desde el subalterno marginado que es olvidado y condenado por la sociedad, mientras que Graterol escribe desde el amor religioso y el cariño filial) estas diferencias permiten apreciar cada obra por separado, como si hubiesen sido escritas por personas diferentes.

Según Paz, cada heterónimo posee una biografía que le distingue, que le otorga un lugar en el mundo, y que dicho lugar es diferente al de su creador. Graterol y Felino alegan pertenecer a Asoposa (Asociación de Poetas Sabaneros) por tanto son miembros de la misma asociación y ese detalle y el hecho de ser escritores son los únicos puntos que tienen en común. Mientras que Graterol es un hombre serio, hogareño, católico creyente, buen esposo y amoroso padre; el Felino es mujeriego, bebedor, parrandero, irrespetuoso de la sociedad y de Dios, de ideas izquierdosas a veces un poco trasnochadas. De modo que Felino deja de ser un simple seudónimo para convertirse en un personaje con vida propia, con historia, con ideas propias, con familia, con oficio conocido, en fin que deja de ser un simple nombre para pasar a ser un individuo; cumpliendo de este modo con uno de los elementos o características que Octavio Paz le otorga a los heterónimos.


*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día Viernes 19 de marzo de 2010 Año 3 N° 185


Felino es universitario

Yoemir Sibada Guanipa

Cualquier persona que haya leído literatura bien sea por placer o por obligación, comprende que es imposible memorizar todo el texto, sin embargo existen frases o palabras dentro del mismo que no podemos olvidar, aunque así lo queramos, porque nos llamaron significativamente la atención. Esas frases, esas palabras que nos marcan, que se quedan grabadas en nuestra memoria, nos sirven de referentes para recordar el nombre del autor de la obra. Es por ello que en este momento me atrevo a asegurar que no existe persona alguna que haya leído al poeta Juan Felino que al escuchar su nombre no evoque aquella pantaleta que le dejó Cornelia guindada en un clavito. (Aún esta imagen sigue en mi mente como el primer día. Aún me río y me horrorizo, y me deleito).

Me gusta esa particularidad de Felino de escribir acerca de trivialidades dentro de una composición poética tan seria como lo es el soneto. Eso, según mi entender, le confiere a sus poemas un carácter irónico, cómico; y es que con ello el autor se burla tajantemente de las reglas abstractas, de la métrica tradicional y al mismo tiempo las respeta.

Considero que leí a Felino en el momento justo, su lenguaje irónico y cotidiano se ajustaban perfectamente, no sólo a mis vivencias, sino a las  del resto de mis amigos, sus poemas me recordaron la vida en la universidad. Nosotros los estudiantes, encontrábamos en él nuestro líder y máximo representante, y es que es moneda común eso de no tener dinero en la universidad y ello lleva a la creatividad: para conquistar mujeres, para celebrar, para distraerse. Pero lo que nos permitía identificarnos totalmente con él era el despecho, trabajar mucho en enamorar creativamente a una mujer (es decir, sin medio en el bolsillo) para después caer en la desolación amorosa porque al final de cuentas muchas veces (por no decir todas) estas nos dejaron por limpios o simplemente no nos pararon.

Por todo esto encontrábamos en Juan Felino un aliado y un  compañero, por eso nos gustó, por eso me gustó, porque encontrábamos en sus poemas nuestra realidad existencial llena de vicios y quebrantos amorosos. Por todo eso creo que aún Felino merodea por los pasillos de la universidad.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día Viernes 19 de marzo de 2010 Año 3 N° 185

POLITA DE LIMA

La poeta y narradora Polita de Lima


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ladrón de sal, una novela de conflictos

 

Hermes Coronado

De proceso escritural culminado en el año 1910, la novela “Ladrón de sal” fue publicada por Polita De Lima de Castillo veintiocho años después, en 1938. De Lima, poeta coriana que había sido proclamada como “Princesa del Parnaso Venezolano” (1913) por su extensa creación lírica, demuestra también en esta obra gran dominio del lenguaje novelador.

En el plano narrativo de “Ladrón de sal” se advierte una trama de hilos concéntricos que develan líneas de diversos conflictos en los que la autora expone sus denuncias sociales.

En cuanto al problema de la concepción del amor, éste es presentado como un sentimiento humano en la relación hombre-mujer; pero también se lo muestra como estrategia interesada para el bienestar egoísta de una relación práctica y material. Es el hilo narrativo para el idilio de Pedro y Rosa, personajes centrales de la novela, contrapuesto a la percepción de Santa, abuela de Rosa, quien piensa primero en la dote, los bienes que posee el novio, antes que en la nobleza de la pasión. En esto cuenta con la solidaridad de Pérez Rojas (pretendiente) que se sabe ayudado para llegar a Rosa sin poder lograrlo.

En lo referente al conflicto ético, social y legal ante el contrabando de sal, el caso de Pedro y Genaro. Siendo natural la sal, destinada a la satisfacción de una necesidad del hombre, ¿cómo puede ser un delito extraerla de las “salinas de Dios”?, expone Pedro. Genaro plantea el imperio de la ley. Para quien no está autorizado, la extracción ilícita de la sal es contrabando.

Un tercer hilo conflictivo en “Ladrón de sal” lo constituye el antagonismo de la formación ilustrada frente a la ignorancia y la barbarie. Es el caso de Natalia Basseti, muchacha de sólida formación, bella, noble y educada, y de intensas lecturas en la biblioteca de su padre, contrapuesta a la blanda formación de Rosa y a la vida licenciosa del inspector Pérez Rojas y del mismo Pedro.

Como línea discursiva de mayor proyección se halla el conflicto de la miseria social y la angustia frente a la dignidad humana y la paz individual.

Grandes cuadros descriptivos reflejan la pobreza y las circunstancias adversas en que vive el hombre de las localidades mitareñas, las sequías, las tormentas, las hambrunas, los ciclones, la recluta, todo con sus secuelas mostradas en la vida de Ña’ Juliana, viejita del pueblo, María Dolores, Don Pancho. De contrafondo Don Manuel, todo bondad, solidario, compasivo.

El ambiente geográfico y social en el cual Polita De Lima presenta su acción novelada, junto con mitos, leyendas, supersticiones y creencias han facilitado la clasificación de esta obra como novela regional. Sin embargo, el abordaje de temas como el amor, la moral, la religión, la ley, la ilustración y la dignidad humana, permiten enmarcar su narrativa en un espacio de más alcance que lo meramente localista, para demostrar que Polita De Lima, aunque escritora de aposento en El Montante vecina de El Bejuquero y El Guarabal; aunque coriana nacida el 5 de septiembre de 1869; tuvo capacidad, destreza y visión para cultivar el arte de escribir utilizando la palabra en el verso poético, la narrativa novelística y en la acción dramática.

La lectura de “Ladrón de sal” por parte de la juventud de hoy y una relectura por parte de la juventud de ayer, muy bien pueda llevarnos a la convicción de que Coro siempre ha sido cuna de las artes, en sus escritores y creadores múltiples, en cuyas obras la ciudad ha sido proyectada en dimensiones estéticas infinitas.

*Tomado del suplemento literario Letra Viva del diario Nuevo Día Viernes 9 de abril de 2010 Año 3 N° 187

¿Quién le teme a Polita de Lima?

 

Camilo Morón

¿Existe algo como una sensibilidad femenina de la escritura? No se trata sólo de mujeres que escriben o de mujeres que escriben sobre temas calificados de “femeninos”. Se trata de una sensibilidad, de una manera de ver, sentir y expresar la realidad y la creación desde una geografía espiritual. Cuando se estudia el comportamiento del cerebro de hombres y mujeres con imágenes de resonancia magnética, puede verse que se comportan de manera diferente ante estímulos semejantes, particularmente ante el lenguaje. Recordemos, verbigracia, aquellos versos de Sor Juana Inés de la Cruz en sus redondillas: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer, sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis”; y apreciemos en ellos una musicalidad que brota de la feminidad.

Que existe una literatura femenina falconiana da testimonio una constelación de nombres que no viene a cuento enumerar aquí, pero que arbitrariamente cabría dibujar su arco desde Juana Zárraga Heredia de Pilón (nacida en Coro en 1806), Lydda Franco Farías –cuando se quiso “tomar el cielo por asalto” en las décadas de 1960 y 1970–, y una fecunda generación presente de escritoras que cubren la escena literaria desde el periodismo hasta la narrativa, pasando generosamente por la poesía, las ciencias humanísticas, dando frutos en sazón de un obrar y un pensar distintivamente femenino.

Para acercarnos al nervio de los procesos históricos existen muchas vías: unas pasan por el cálculo y la estadística, y otras por el ensueño y la poesía. La obra de Polita de Lima fue valorada por sus contemporáneos, quienes en homenaje la consagraron como “Princesa del Parnaso Venezolano”. De su poética escribe Justiniano Graterol y Morles en líneas de acentos modernistas: “Sus poesías abundan en ricas y armoniosas formas, y tiene estrofas cuyos versos brillan como fúlgidas gotas de rocío sobre la tersa blancura del lirio o la gardenia, y rimas que resaltan como perlas de nítidos cambiantes engarzados en afiligranada joya.”

 

Hagamos un poco de arqueología literaria y exhumemos de las páginas de Curiana la reseña que el Dr. Julio Diez hace de Polita de Lima de Castillo como editora de Médanos y Leyendas: “Esta revista fue hija de su talento y de su constancia, circuló hasta después de 1930; se leyó en toda Venezuela y a través de ella se divulgó la obra poética de las mujeres falconianas.” En este estrato literario encontramos una imagen de la contraportada de la edición de Médanos y Leyendas del 31 de mayo de 1921. A la exquisita sensibilidad de Doña Pola –como la llamaron– es menester sumar la lealtad y la constancia, y tendremos de cuerpo entero un retrato de la mujer falconiana.

 

 



4 comentarios to “Ensayos sobre falconianos”

  1. DEL GRAN PAUL GONZALEZ PALENCIA, SU PRESENCIA EFERVESCENTE, SU RISA ESTENTÓREA, Y SU AFINADO GUSTO POR LAS MUJERES INTERESANTES, MI HERMANO POETA, AÑOS HA QUE NO LO VEO, ME DICEN QUE PARTIÓ, LO LAMENTO EN EL ALMA SI ES ASÍ, TENGO UN LIBRO ESCRITO Y SIN PUBLICAR SOBRE paul, protagonista, hilo conductor de varios versos de autoria con dolor en el alma por su supuesta partida.
    Portugal.27-o5-11

    • Apreciado poeta, aunque Paúl hace un tiempo tuvo ciertos problemas de salud, le informo que está muy bien gracias a Dios. Gracias por comentar. Ojalá lo veamos más a menudo por aquí. Por otro lado este blog aún esta en construcción. Disculpe.

  2. Hugo y el caballo de Ibrain

    “A la memoria del gran Hugo Fernández Oviol”

    Navegando en las hojas de una Antologia, me tope con Hugo… Él me mostró un caballo, un caballo cósmico que se llevó a un amigo suyo llamado Ibrain. Me dijo que Ibrain era uno de esos magos que estan llenos de ciencia, de sueños y de amor a la vida pero que un día le ganó el cansancio, recogió sus sueños en una maleta, se montó en su caballo cósmico y se fue a vivir a otra galaxia… desde ese entonces, Hugo tuvo la seguridad que el galáctico caballo estaba suelto por el aire y que en algun momento vendría por él.

    No sé por qué pero yo sí creo que Hugo se fue en ese caballo al igual que su amigo Ibrain porque un ser como Hugo no podria dejar de existir así como así y mucho menos sepultarse debajo de la espesura del silencio porque Hugo representa alegría; porque su mirada y esa hermosa cascada blanca que surge de su sonrisa siempre seguirá fluyendo mientras que nosotros, Los mortales, sigamos escuchando su poesía.

    Victor Guanipa

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d personas les gusta esto: